
PARTIDA
En el marco de su aniversario, La Nada Teatro pone en escena durante el mes de septiembre, la obra de teatro Partida, cuyo reparto integran los actores Carlos Hugo Hoeflich, Mario Montaño y Avraham González, y que corre a cargo de la dirección de Miguel Lugo en el Teatro La Casa Suspendida (el texto original es de Luis Ayhllón). La trayectoria de Lugo como director se puede trazar desde hace once años, con al menos diez textos escenificados en diferentes ciudades del país. La obra más reciente que el visitante habitual de La Casa Suspendida recordará gratamente, es Señora Klein, obra que en drama nos muestra la vida familiar que tres mujeres construyen a partir de su intelecto. En esta obra, Lugo revela los retruécanos de la conducta de las tres psicoanalistas que, a pesar de poner sus emociones bajo el microscopio con la intención de dominarlas intelectualmente, nos muestran sus carencias, manías, miedos.
En esta ocasión, Lugo pone en el escenario una obra también de tres, en esta ocasión hombres, en una historia de oficina del siglo XXI: tres abogados en un bufete importante se cambian de residencia, y al mismo tiempo, Mendieta, el jefe de mediana edad casado pero con identidad homosexual vedada, decide deshacerse de uno de sus dos abogados estrella; por una parte, Zúñiga, hombre experimentado con treinta años en el bufete, alcóholico, casado con una mujer horrible, y con la justificación de las canas bajo la manga; por otro lado, Lucas, un hombre joven, egresado de importante universidad privada, ambicioso, miedoso y casado con una mujer demandante.
En varias conversaciones a dos y en ocasiones a tres, Lugo logra mostrar un mundo caótico, sin reglas ni escrúpulos, donde los tres abogados se encuentran en una lucha salvaje (animal se podría decir) por salvar su trabajo. En esta lucha se juegan el todo por el todo usando las mejores estrategias que puede cada uno de ellos construir, hipocresías están a la orden del día para mostrar siempre la mejor cara, aunque sin poder contener la tensión que los tres sienten. Durante la hora que aproximadamente dura la obra, no dejó de rondar en mi cabeza una definición de política que escuché en algún momento: la política es comer mierda sin hacer gestos. De la misma forma, Lucas y Zúñiga comen excrementos (los del otro y los propios) sonriendo amablemente entre ellos; y al mismo tiempo muestra a un jefe, que si bien como por encima de la situación en un inicio, enseguida queda claro que él está igualmente hundido en el fango.
Partida es una obra que le muestra al espectador un mundo caótico: en varias ocasiones la conversación de los personajes trata sobre la crisis del orden mundial, el calentamiento global, la contaminación. Esta crisis del mundo sirve de sutil justificación para el comportamiento de los abogados, cada uno de ellos parece hacerse el mismo planteamiento: “Si el mundo está por acabarse, ¿por qué habría yo de tener reparos por quedarme con la mejor parte del botín que estamos obteniendo de saquear lo que queda del entorno?”. Una reflexión de medios-fines de este tipo solamente puede conducir a la competencia abierta y agresiva, dejando de lado definitivamente cualquier clase de cooperación: Zúñiga y Lucas pudieron haberse aliado para destruir a Mendieta, pero inmersos en el miedo de perder lo que perciben como su vida (Zúñiga) o su futuro (Lucas) ni siquiera lo consideran.
No obstante esta competencia es clara para los tres abogados, ésta nunca se reconoce. Reconocerlo, que significaría hablarlo, decirlo y por lo tanto hacerlo existir, hubiera significado tal vez la posibilidad de romper con ese caos maldito que tiene a los tres abogados con el agua hasta el cuello, y la posibilidad también de restablecer el orden ético. Sin embargo, los tres abogados se sumergen en una competencia gritada en cada decisión que toman, pero que nunca logran articular en palabras.
El final se revela cruel, elucubrado solamente en la mente retorcida de Mendieta, que juega a ser dios construyendo castillos de lodo que Zúñiga y Lucas no sólo respetan, sino que también idolatran. Al final, la lucha encarnizada entre Zúñiga y Lucas descubre las máscaras de ambos ante ellos mismos y entre sí para verse en su plena naturaleza: animales, no hijos de Dios, sino bastardos abandonados a su suerte. Así, desnudas sus consciencias, viene la calma que causa quedarse atónitos al descubrirse crudos: “quedarnos en las cenizas luego de pelearnos como perros” afirma Zúñiga.
En el cenit del desenlace, el espectador entiende la desolación de la vida de los abogados: Zúñiga y Lucas, una vez descubriéndose animales, no intentan reconstruirse como seres morales, razonables en vez de racionales, éticos en vez de teleológicos, sino que aceptan su naturaleza como tal: se miran entre sí con lástima, que quizá sea la misma que sienten cada uno de ellos por sí mismo, para decirse: “Déjalo, así está bien”. Un mundo destruido, en ruinas, que está representado por el edificio que sirve de actual residencia y que quieren dejar: una ermita o iglesia (¿quizá la representación del conocimiento humano o de la cultura?) que será destruido justo cuando el bufete abandone el lugar.
Una obra sin duda interesante, que vale la pena recomendar y comentar como reflejo de los que, como Zúñiga y Lucas, buscamos abrirnos paso en junglas dispuestas como oficinas.
Yunuén Rivera Peña
Ganadora 1er lugar – Beca del espectador